Un libro por un comentario


Válido desde hoy 15 de febrero de 2009 hasta el 22 de febrero de 2009

Si te interesa un libro sobre tarot para principiantes, te envío el mío en pdf. Y te pido algo a cambio: tu comentario sobre el libro. 

Si estás interesado o interesada, puedes escribirme a jimenafernandezweb@gmail.com 
explicándome porqué te interesa 
y qué esperas encontrar o qué estás buscando. 




Para P.

Desde lejos y siempre
Te busco en mi presente y te encuentro
Envuelto en una nube de recuerdos
Te dibujo en el aire, en el agua, en mi tierra
Y sólo hay imágenes con aliento de fuego
Te canto casi en silencio
Porque eres mi secreto
Y yo el tuyo
En nuestro olvido que es inmenso
Mientras pensamos en ausencias, sabemos
Que pasarán las guerras y las hambrunas
En Madrid, los atentados
Escándalos financieros
Y una crisis manchada de ignorancia
Un ciclón, la nieve, aguaceros
Y que no hubo nada más verdadero
Que se prenda a la cola de una nube
Para irse lejos
Y derramar en tu mundo la lluvia fina
De mis besos

Pedro Guerra: La lluvia nunca vuelve hacia arriba

Henry Purcell: If love's a sweet passion (The Fairy Queen)

Pedro Salinas: La voz a ti debida

I

Sí, ¡todo con exceso!
¡La luz, la vida, el mar!
Plural, todo plural,
luces, vidas y mares.
A subir, a ascender
de docenas a cientos,
de cientos a millar,
en una jubilosa
repetici¢n sin fin,
de tu amor, unidad.
Tablas, plumas y máquinas
todo a multiplicar,
caricia por caricia
abrazo por volcán.
Hay que cansar los números.
Que cuenten sin parar,
que se embriaguen contando,
y que no sepan ya
cuál de ellos ser el último;
¡qué vivir sin final!
Que un gran tropel de ceros
asalte nuestras dichas
esbeltas, al pasar,
y las lleve a su cima.
Que se rompan las cifras,
sin poder calcular
ni el tiempo, ni los besos.
Y al otro lado ya
de cómputos, de sinos,
entregarnos a ciegas
-¡exceso, qué penúltimo!-,
a un gran fondo azaroso
que irresistiblemente
está
cantándonos a gritos
fúlgidos de futuro:
"Eso no es nada aún.
Buscaos bien, hay más."

Janis Joplin: To love somebody

Tom Jones: It's not unusual

The Beatles: All my loving

Chico Buarque: Olhos nos olhos

Yves Montand: Les Feuilles Mortes à l´Olympia

Relóticos: cuentos pequeños para gente grande IX

De parte de un San Valentín experimental...


Diosa

Éramos un grupo de amigos que finalmente teníamos trabajo y podíamos permitirnos elegir nuestro destino: fuimos a Egipto.

El calor y el perfume a especias, alabastro y sándalo provocaron que me volviera involuntariosa. Disfrutaba dejándome llevar por la pereza y una cierta indolencia. Supongo que él se dio cuenta. Fue en el museo.

El grupo estaba en otras, nosotros nos habíamos quedado frente a la diosa sonriente de granito negro, uno a cada lado. Me hablaba de sus formas, pero me miraba a mí. Sus manos anchas asían su cabeza y continuaban por su regio cuello, regodeándose en cada línea, en cada poro. Cuando la tomó por los hombros un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Bajé la vista. 

Unos segundos antes había notado cómo sus ojos me escrutaban incluso más allá de mi deseo. Permanecimos en silencio hasta que volví a levantar los ojos hacia sus manos que jugaban entre los labios de la diosa oscura. Me humedecí la boca y le miré fijamente mientras él recorría los pechos de ella y se detenían ardientes sobre su ombligo negro y profundo de secretos milenarios.  La acarició y la rodeó. Cada una de sus manos eran lenguas que se apoderaban de aquel vientre de granito. No había nadie en aquélla sala olvidada. No se escuchaba nada. Sólo se presentían mis jadeos quedos y sus susurros. Me miraba a mí, era a mí.

 Apoyé mis manos heladas sobre mi vientre. Le fui acompañando en su búsqueda mientras él apoyaba las palmas sobre el sexo de la diosa. Se detuvo allí. Yo también, que le imitaba hipnotizada. Señaló con su mirada mi sexo, yo separé los labios y las piernas. Pero comencé a sentir celos de aquélla diosa desnuda entre sus  manos. Peor no tuve mucho tiempo para seguir pensando porque ya él empezaba a dibujar formas inquietantes sobre su vulva. Me convertí en una autómata que repetía cada uno de sus movimientos.

Se desnudó y comenzó a delinearla con su miembro erecto. Me miraba a mí, era a mí. No pude oponerme. Incluso sentía un oscuro placer en dejarme llevar hacia la diosa. Se inclinó y tomó sus pies sigiloso. Besó los pequeños dedos mientras deslizaba una mano hasta el talón para volver a subirla hacia la pantorrilla. Luego lo repitió todo con su lengua perdiéndose en el empeine. La mano siguió surcándola y su lengua y su luego su miembro. El tocó con afán su vulva, yo sentí que ardía. Entonces le supliqué que me penetrara. Pero quien gritó fue ella.

 

Relóticos: cuentos pequeños para gente grande VIII

De parte de un San Valentín suntuoso...

Rey

En la corte del joven Rey Luis XIV todo estaba permitido. Las fiestas de palacio comenzaban con grandes hogueras y licores orientales, se sucedían los bailes y las grandes orgías. Dícese que el Rey se complacía en los más diversos y variados lujos de la carne. Se paseaba su alteza entre los gemidos y los cuerpos sudorosos, desnudo, hasta encontrar la vulva más preciada.

Pero un día se aburrió. Su corte de amantes de todas las edades y sexo temieron por su futuro y se confabularon. Hicieron traer una reina africana experta en las artes amatorias y en la brujería. Lo uno o lo otro les beneficiaría.

Al llegar a palacio la precedió su fama de gran vestal negra del placer. No permitió que le Rey la viera durante siete días. Al octavo abrió la puerta de su cámara, pero prohibió que se encendieran las velas. El rey podía oler su perfume de mar  tierra húmeda, pero no la encontró. Antes de que amaneciera fue obligado a retirarse. A  la noche siguiente la rabia real era tal que se negó a verla, pero tuvo extraños sueños y se despertó erecto, excitado y aún más rabioso. Golpeó con todas sus fuerzas las puertas de la habitación de la Reina Negra, llamó a sus guardias, pero nada ni nadie pudo flanquear aquel espacio. En la novena noche notó cómo alguien se acercaba a su lecho y le ataba como si fuera un vulgar prisionero. Era ella, era su perfume único y embriagador hasta la locura. Sintió su cuerpo entre aceites y cómo ella le masajeaba con  sus pechos tersos y su sexo sin más palabras que su constante jadeo. Al mediodía el Rey se despertó maniatado aún a su cama, estaba tan erecto desde hacía tantas horas que gritaba de desesperación y no bastaron sus amantes para satisfacerle.  En la décima noche el rey esperó y suplicó ante su puerta en vano. Pero sin saber cómo se despertó una vez más maniatado y completamente erecto.

En la noche doceava esperó en su cama desnudo y a oscuras. Ella era su reina. Ahora lo sabía. Lo vociferó no paraba de gritar “Mi reina y mi señora” hasta que poco antes del amanecer se cerraron las cortinas, ella besó su sexo duro e hizo que él la lamiera por completo. Una vez más y sin recordar cómo, el rey despertó esclavo en su propio lecho.

En la noche siguiente al entrar en sus aposentos el rey fue desnudado por jóvenes vírgenes de uno y otro sexo mientras ella le contemplaba desde un rincón oscuro como una pantera al acecho. El rey había perdido todo su poder y se entregaba a tales únicos y otros inimaginables placeres.

Una noche su Señora y Reina le tomó entre sus labios, él la penetró donde ella le indicara. Él nunca olvidaría aquel olor único de aquella vez, era tierra húmeda y pantanosa, era noche y viento, era todo cuanto jamás había olido con anterioridad. Ese olor le volvió loco de placer toda la noche. Ella se encargó a partir de entonces de que el rey lo buscara con ahínco y encontrara algunas gotas de aquel perfume único en cada uno de sus múltiples amantes. 

Marilyn Manson: Heart-Shaped Glasses

Relóticos: cuentos pequeños para gente grande VII

De parte de un San Valentín diablillo...

Olor a verde oscuro

Cuando cerramos la puerta de su casa nos desnudamos entre besos y manos. Estábamos desnudos en su pasillo verde oscuro, inclinados sobre la puerta. Lo primero que hizo fue tomar mis pechos como si fueran suyos. Yo estaba adherida a la puerta, conteniendo la respiración, con la piel completamente erizada, excitada. Hechizada. Su lengua paseó ante mis ojos, se fue deslizando diestra por la comisura de mis labios evitando entrar en mi boca. Surcó mi cuello, mis hombros. Se detuvo a envolver mis pechos, a mordisqueármelos. Su mano recorría mi espalda y descendía hasta encontrar el espacio entre mis muslos para provocar que los abriera a su merced. Entonces se detuvo y yo no quería. Pero él se paró, me miró, susurró algo al oído que yo no podía entender. Me dejó allí. Yo no me movía. Se fue.

Volvió con un barreño y una esponja. Enjabonó mi sexo una y otra vez. En el agua había cubitos de hielo, estaba helada. Echaba agua y me enjabonaba mientras yo sólo podía emitir unos gritos agudos de placer prolongado obligado esclavizado.

Luego tomó una cuchilla y me fue rasurando despacio, muy despacio. Pasaba la yema de sus dedos entre los labios de mi vulva, sobre mi clítoris eléctrico y luego, el agua helada y mis grititos. Tardó una eternidad y cada vez que yo estaba a punto de tener un orgasmo, volvía a detenerse y me echaba el agua helada. Cuando yo estaba completamente rasurada, me secó primero con una toalla muy suave, luego con su aliento y finalmente con sus manos calientes. Volvió a desaparecer.

Llegó y me llenó de crema de chocolate, me embadurnó y me lamió hasta saciarnos. Me tumbó sobre el suelo del pasillo verde oscuro, el suelo estaba frío, húmedo y aún enjabonado. Espolvoreó mi sexo con canela. Puso miel en mis manos y me hizo untarle su pene mientras me llenaba la boca con su lengua. Luego le supliqué que me penetrara y jadeamos como dioses enloquecidos.

Robbie Williams & Kylie Minogue: Kids

Robbie Williams: Lovelight

Relóticos: cuentos pequeños para gente grande VI

De parte un San Valentín inclasificado

Amor, un lunes

Abrí  finalmente la puerta de casa. Quince minutos de metro jamás me habían pesado tanto. No podía seguir en aquel trabajo, tenía el alma agotada. Me pesaba el cuerpo y me dolían los pies, hinchados como un par de ballenas en  elegantes jarrones de flores. Subí las escaleras hacia casa, escalón a escalón, grito ahogado tras grito ahogado. Abrí, cerré la puerta al fin. Se me derrumbaban las lágrimas.

Había luz en la cocina. Él estaba allí. Ese sentimiento tan inefable que sólo se puede nombrar con una palabra: amor. Mi amor estaba preparando la cena para dos. Apagó el fuego y me besó con sabor a cebolla. Ácidas y picantes sus manos. Siguió el curso de mis lágrimas con la yema de los dedos. Del párpado al ala de la nariz, hacia arriba, hacia abajo hasta  la comisura de mis labios húmedos. Siguió por el mentón, su dedo de sal detrás de mi río de lágrimas perdidas por mi cuello hasta mi pezón. Tomó mi cabeza entre sus manos. Su boca y mi boca se enredaban en olas de mar salado, ajo, tomate y cilantro.

Se acercó al lóbulo de mi oreja y apoyó sus labios al borde de mi nuca: - mi amor, mi amor.

Mientras caía mi jersey, desabrochaba mi pena y deslizaba mi blusa. Se derribaba mi temor, desobedecía la tristeza. Se desgranaba mi collar entre el sujetador y se desplomaba mi desdicha. Despacio. Desmenuzaba mi falda, se  desordenaban las medias y despistadas alzaban el vuelo. Desvariados despropósitos se desperdigaban. Mis braguitas y mil palomas blancas. Su deseo en mi sexo junto a su mano cálida. Mis zapatos se desprendieron desparejos. Estaba desnuda. Me arropó.

-          Desvísteme.

Dulce designio. A cada centímetro, un beso. El amor nos cabía entero. Su piel iba rozando la mía y nos anudábamos y su cuello en el mío y sus pezones y mis pechos, su ombligo, su sexo acariciando mi cuerpo. Me recorría dibujando flores y pájaros, peces de mil colores libres, salvajes, amándose. Nuestras manos y bocas buscándose, arropándose, lamiéndose y cubriéndose.

Nos tumbamos en el pasillo. El suelo estaba tan frío y desierto, nos abrazamos aún más. Sólo queríamos penetrarnos. Deseaba tanto su sexo dentro de mí, su lengua dentro de mí, sus manos en mí. Él se tomaba su tiempo mientras yo comenzaba a gemir repetidamente: -penétrame, penétrame. 

Nadie ganaba, nadie perdía. Ambos  deseábamos poseernos. Deslicé su mano hasta mi vagina empapada. Sumergía sus dedos y rodeaba mi clítoris haciendo una delicada presión que me llenaba de escalofríos. Tomé su mano de la muñeca y la fui introduciendo dentro mío mientras notaba su pene completamente erecto rozando mi muslo. Comencé a cerrar las piernas y a introducir mi lengua en su boca. Me movía al ritmo de mi respiración inmensa. Nos acunábamos el uno entre el otro. Él, luego,  estiró mis manos hacia atrás, las sostuvo con las suyas. Nos detuvimos a mirarnos un segundo eterno mientras él introducía su miembro y yo enmudecía.

 

 

Lenny Kravitz: Fly Away

Catherine Zeta Johnes: All that jazz (Chicago)

Diapositivas: Turquesa

II

Turquesa

 

Fondo negro. Ojos que parpadean y ojos amarillos de gato. Muchos.

Y más.

Desde allí aparece una pequeña niña.

Está de pie sobre algo que gira.

Ella es muy pequeña.

Sólo da vueltas y vueltas impelidas.

Lleva un disfraz,

es un vestido atemporal

azul turquesa vivo con lunares rosa  chillón rodeado de blondas caprichosas.

También lleva un sombrero sencillo cubierto de flores infantiles.

Dos trenzas con sendos lazos también turquesa,

medias blancas y gruesas que acaban en unos

zapatitos de charol opacos.

Da vueltas como las bailarinas de roídas cajas musicales.

Los giros vienen hacia aquí

La acercan hasta que se ve su cara:

Es una niña embalsamada

Porcelana que abre y cierra sus párpados avisándonos que se va a romper,

Se va a romper,

¡Es urgente, urgente!

¡Desde dentro estallará ya!

Pulverizándose sobre la pantalla en millones de trocitos aún más pequeños que ella.

No sé si duele, pero infunde un horror primigenio.

 

 

 

 

Diapositivas: Morado

I

Morado

 

Aquí sentada frente al mar, inerte frente al ir y venir de las olas.

Es un mar tranquilo de cuna y madre.

Entre las olas y yo,

un trozo rectangular de arena brillante,

un trozo de cielo refulgente

y decenas de pequeños pájaros blancos y verdes que cruzan de oeste a este.

Yo estoy sentada en una silla que me pertenece.

Es de hierros oxidados que envuelven mi tórax desnudo como un corsé.

Por lo demás

 llevo el pelo largo y suelto,

una falda roja

que descansa sobre mí

como yo sobre mi trono y mis pies sobre la arena arden.

Detrás de mí, la legión de mis antepasados grises y silenciosos,

testigos.

Los ojos me queman.

Los pájaros vuelven a cruzarse,

 pero sólo alcanzo a ver sus sombras moradas sobre la arena

Amarilla, amarilla.

Cierro los ojos para descansar

Y sentir el calor del sol sobre mi lado derecho.

Por el izquierdo, un persistente viento frío,

 la piel de gallina.

La arena dibuja espirales reverberantes con el que me golpean látigos.

 

 

Memorias de una vidente 1

1

Y ASÍ EMPEZÓ TODO

 

-          Madre, mándeme usted a hacer algo.

-          Pero niña, puedes irte a jugar con tus amiguitos.

-          Es que ellos aún están haciendo los deberes y yo me aburro, madre, dígame, ¿le hago algún recado?

-          Ya has acabado tus deberes, ¿verdad?

-          Sí, madre, sí.

-          A ver... enséñamelos.

-          Mire, madre, aquí, ¿lo ve?, aquí pone la fecha de ayer y lo que hay que hacer y aquí está todo ordenado.

-          Muy bien, mi niña, muy bien. Entonces puedo pedirte que me hagas un recado un poco largo.

-          ¡Sí, sí!

-          Pues irás a casa de los tíos  a llevarles esta cesta.

María Antonia no tenía más que unos nueve años, nueve y unos pocos meses por aquel entonces. Le gustaba ayudar en casa y sobretodo mantenerse ocupada. Era de las primeras en levantarse por la mañana y cuando los demás bajaban se encontraban con la mesa del desayuno ya preparada. Aquella niña era un terremoto, comentaban las vecinas. Pero lo decían sin menospreciarla, sino como una cierta forma de admiración y agradecimiento pues también a ellas les hacía algunos recados, ordeñaba sus vacas o cuidaba de algún bebé, que por aquel entonces en el pueblo habían nacido unos cuantos. María Antonia tenía experiencia con niños, a pesar de ser la más pequeña de la familia, ya que desde muy  pequeña había comenzado a ocuparse de los hijos de sus hermanas mayores cuando hacía falta. Por ser la menor y porque ya no quedaban más hijos en la casa, había podido instalarse en la buhardilla teniendo un espacio en el que reinar ella sola a su entera libertad. Su primo Juan  había reparado las paredes con tablas que sobraban de las obras en las cuales trabajaba. Luego subieron la cama, el ropero y la mesilla. Alargaron los cables de manera provisional hasta poder hacer una instalación eléctrica mejor que tardaría en llegar, para dicha de la niña que prefería iluminarse con velas cuando el sistema fallaba. Para su cumpleaños  ella  había pedido una habitación para ella sola de color lila y rosa, y con estrellitas plateadas en el techo. Su madre la envió a un recado a casa de los tíos María y Pepe que vivían en el pueblo de al lado, tardaría al menos unas tres horas en ir y volver. Últimamente siempre se las arreglaba para enviarles alguna cosa, un potaje, unos panecillos, lo que fuera con tal de mantener a la niña lejos de allí, que tenía como un sexto sentido para saber qué ocurría, por eso mismo era mejor alejarla si se preparaba una sorpresa, como era el caso.  Eso era lo que había pasado cuando iba a cumplir los seis y luego con los siete o los ocho y con los Reyes, también. Si se escondían los regalos en casa, Toñi  sabía qué era y dónde estaban; se lo contaba a sus hermanas que luego se quejaban a su madre por haber desvelado el secreto y arruinado la sorpresa para la pequeña, pero después de un par de veces descubrieron que nadie decía nada y que la niña siempre lo sabía. Nunca le preguntaron cómo, sino que se cuidaron mucho de esconder los paquetes en casa o de mencionar el tema.  Así que esta vez iban a prepararlo bien. Con las perdices en escabeche no dio tiempo de acabar la limpieza de la buhardilla, la niña era la única que solía subir  por allí y por lo visto no le asustaban los ratoncillos ni las arañas; además, había una enorme cantidad de trastos viejos.  La madre, Doña Asunción, a  partir de entonces quedó de acuerdo con su hermana que ella le enviaría viandas y que una vez que la niña llegara a la casa la invitarían con un gran trozo de tarta para entretenerla un rato más, las golosinas y las peticiones de más variado tipo eran la única manera de enredarla. Cada sábado durante los dos siguientes meses obedecieron a un estricto plan de señales y acuerdos con el fin de prepararle la gran sorpresa.  Los panecillos y la tarta de manzana hicieron la segunda parte de la limpieza y fueron sucedidos por empanadillas y el pastel de chocolate que se encargaron de las reparaciones junto  la carne adobada y filloas; chorizos del tiempo y bizcocho de nueces, así como tantas otras viandas y demás acabados. Se acercaba el  día en el que la familia se reuniría, habían elegido el domingo, después de misa. 

Merlinaldo y el niño que no creía

Cuando Eric se despertó la primera vez era muy temprano. Había soñado. Qué raro. Abrió los ojos  con dificultad. Tengo que ser el primero en ir a ducharme, ahora que no hay ruido. (Eric estaba pensando en que los chicos hacían demasiado bullicio por las mañanas, aún se creía en el Orfelinato). Le costaba siempre mucho despertarse. Si pudiera elegir preferiría quedarse en la cama y dormir, sólo dormir. Pero sabía que eso no era correcto, no, no estaba bien, había que levantarse. Tengo que levantarme, tengo que levantarme, tengo que levantarme. Se sentó en la cama. Miró a su alrededor y entonces se acordó. ¡Estaba en aquel lugar!

Estaba seguro de haber visto un hotel así en alguna película. Su habitación era enorme con una enorme cama. Allí podían dormir él, Raúl, Esteban y Julián y aún sobraba sitio Todo era grande. ¿O quizás él se sentía un poco más pequeño? Todo era rojo y dorado, como un árbol de Navidad ricamente adornado. Las paredes no eran blancas sino de un lila tranquilo y cálido a la vez. Había lámparas, muchas, también doradas y de un violeta fuerte. Los muebles estaban llenos de volutas y formas de señoras como en los barcos, como las proas de los barcos. También había un espejo en el que se veía toda la habitación. La madera, porque los muebles eran de madera y el suelo también, como las ventanas y las contraventanas, crujía un poco, como una vieja noble dama rusa que se quejaba de algún que otro achaque (seguramente aquella dama se quejaba por vicio, sólo por sentirse atendida, era una noble dama anciana rusa y mimada).

Eric no sabía con seguridad si alguna vez había estado en un sitio así. Recordó luego que Carolina había dejado abierta una de las dos cortinas “porque lo mejor del mundo es despertarse con la luz del sol”, le había insistido y eso que a él le daba igual. ¿Y en los días de lluvia? Se lo habría preguntado, pero estaba determinado a no hablar (y eso que se le había escapado antes una palabra). No dijo nada.

¿Qué hora sería ahora? Por allí no había ni un reloj. Se levantó y fue a mirar por la ventana. Detrás de las hojas de un gran árbol se veía poca gente. ¿Sería sábado? ¿Qué día era? Ayer había sido su cumpleaños. ¿Sólo ayer? ¡Parecía tan lejos!  No, no era sábado. Si había poca gente por la calle quería decir que era temprano. Bostezó, aún tenía sueño. Pero no, no podía volver a dormirse. Entonces se sentó en la cama a esperar. Esperó, esperó. Esperó sin más. Sentado en el borde de la cama con los pies apenas apoyados sobre el suelo, su espalda un poco encorvada hacia delante, los brazos pegados al cuerpo, las manos firmes sobre la colcha (antes había hecho la cama estaba acostumbrado y no le importaba estar en un hotel todos los niños han de saber hacerse la cama).


continuará...

Los cuentos del destino 24

Otro gran papel que está reservado a La Emperatriz es la mediación en los asuntos domésticos porque ella es una gran diplomática por excelencia, tal vez precisamente porque sabe reírse de lo serio y se toma con seriedad la risa. Aprovecha esta energía para mediar contigo y con esa parte tuya que siempre está en desacuerdo. Es ahora el momento de cuidar, nutrir y mimar cada una de tus zonas, de tus personalidades. La parte más enfadada de ti mismo encontrará comprensión con La Emperatriz y se relajará. Preséntale estas zonas tuyas, nada has de temer porque ella sabrá perfectamente cómo hacer que todos se sientan como en casa y a su aire.  ¿Por qué no lo pruebas?

Es ahora el momento para entregarse a proyectos, puede que te encuentres lleno de ideas o lleno de una idea. La Emperatriz se hace notar de esta manera, con este entusiasmo. La necesitas especialmente si estás pasando por una época en la que mucho o todo te parece  que va mal. Si ves primero lo negativo en las personas que conoces, necesitas el auxilio de La Emperatriz. Si acaso también ves siempre primero el aspecto negativo de lo que haces (olvidándote sin querer de las vertientes positivas), te aliviará encontrarte con la gran dama de esta carta. Esta gran dama no está fuera de ti, como todos los arcanos está dentro de nosotros, es uno de nuestros aspectos. 

La Emperatriz puede manifestarse de manera muy amorosa o muy castradora, no tiene términos medios. Puede que te emborraches con proyectos y no los acabes materializando o te canses a medias; puede que no des rienda a ningún proyecto, porque nunca te parece lo suficientemente válido. Podemos construir y podemos destruir con la misma facilidad. Si te observas tendrás más posibilidades de saber de qué lado inclinar la balanza para que se equilibre. ¿Por qué no lo pruebas?

Quizás no tengas fuerzas en este mismo momento para salir a divertirte o preparar una comida para tus amigos o ni tan siquiera para cuidar de tu imagen personal. Entonces yo te pediría que te compraras flores, un ramo pequeño y que te guste. Ponlo en un recipiente con agua, mima los tallos de las flores, concéntrate en su colocación y detente en el placer de simplemente gozar de estas flores. Puede ser incluso una flor, una única. Pero sean muchas o pocas, dedícales al menos una hora. Míralas, tócalas, huélelas... de cerca... de lejos... ¿Por qué no lo pruebas?

Puede que la situación no cambie, puede también que este respiro dentro del jardín de la Emperatriz te sirva para poder sentir el perfume de las flores, que a pesar de todo, sigue existiendo. Podemos permitirnos un paseo por el jardín de la Emperatriz para recordarnos a nosotros mismos que los jardines existen, que las flores florecen. Pero... ¡ojo! El jardín de la Emperatriz necesita un Emperador, tal como podrás comprobar en el siguiente  cuento.

Los cuentos del destino 23

A la Emperatriz, mi hermana y yo la llamábamos el hada la-la-lá. Podíamos pasarnos un día entero sin tomarnos las cosas demasiado en serio, nos bastaba con decir “¡La-la-lá!” y simplemente nos reíamos y jugábamos sin sentido, porque sí. Esos días cantábamos más, jugábamos más, nos reíamos más, sin ton ni son. Una deliciosa confianza nos embriagaba. Aún hoy cuando a veces estamos atravesando un momento difícil o sin querer nos hemos vuelto demasiado rígidas o exigentes, cuando nos pasamos un día diciéndole a los demás lo que deben hacer u opinamos sesgadamente sobre los acontecimientos de la vida de los demás y nos damos cuenta de ello, nos llamamos. Al descolgar el teléfono basta que una de las dos pronuncie entonces aquel “¡la-la-lá!” para relajarnos un poco más y abordar el asunto complejo y embrollado que nos tiene ofuscadas desde otro punto de vista. ¡A veces, funciona! 

¿Qué pasaría si un día, o tal vez durante un par de horas, si te imaginaras en el trabajo o en el medio donde te sientes aprisionado acompañado del hada la-la-lá? ¿Es muy descabellado ni tan siquiera imaginarlo? ¿Lo has probado? ¿No funciona la fotocopiadora por enésima vez? ¡La-la-lá! ¿Las cosas no han salido como esperabas? ¡La-la-lá! ¿Alguien se ha puesto como objetivo hacerte la vida más difícil? ¡La-la-lá! ¿No hay salida? ¡La-la-lá!

No se trata de un tipo de actitud constante ni de dejar de  tomarse las cosas con seriedad y responsabilidad. Simplemente es un juego. Si invitas a la Emperatriz a tu espacio de meditación es posible que te sugiera alguna manera de divertirte un poco dentro de la gravedad del momento. Sólo será un ratito. ¿Por qué no lo pruebas?

La Emperatriz invita además a cuidar y cuidarse, nutrir y nutrirse. Ahora es tiempo de cuidarse más, de cortarse el pelo y  ponernos guapos. La Emperatriz respira primavera y querrá tener flores en casa, buscará el sol y la diversión por ella misma. También  se hará sentir para que prepares alguna comida para amigos o familiares. Quizás la cocina no sea tu fuerte aunque no haya quien resista los bocadillos que haces. 

La Emperatriz necesita cuidar de los demás y de sí misma. Lleva algo para desayunar al trabajo que puedas compartir con algunos compañeros. “¿Por qué no lo pruebas?”- te diría La Emperatriz entre traviesa y divertida. La Emperatriz te pedirá que te pongas cremas después de la ducha o del baño, que cuides tus manos, tu piel. Si puedes darte un baño, mejor que mejor y si lo haces con música y pones unos inciensos... Todo para que puedas decir con ella: -¡Mmmm... qué delicia! 

No se trata de que te comas tus postres preferidos, ni que te compres todo cuanto necesitas o crees necesitar, se trata de algo mucho más básico. Se trata de sentirse bien con el cuerpo, de disfrutar con las cosas y los momentos que ya tenemos y de hacer de manera tal que podamos compartir un momento delicioso con los demás.

Los cuentos del destino 22

El olor a tierra es algo que me encanta. No es raro, el poder de las brujas está muy relacionado con la Tierra porque es ella quien nos da ese poder. Puedes sentirlo cuando te vas a un bosque y  pisas la tierra con los pies desnudos. Vas a bosque, te adentras en él, te descalzas, te apoyas sobre el suelo y suspiras. Luego, comienza a respirar. Concéntrate en tus pies, como si el aire entrara desde la tierra, hinchara los pies como si de pulmones se tratara. En esos momentos se siente la energía de la tierra. No se trata de una locura mística, ni de algo imaginario. La energía de la tierra es algo más que probado. Simplemente se trata de sentirla, es maravilloso.

Imagínate Tierra. Mira el mundo desde allí. ¿Qué ves? ¿Cómo se ve todo? ¿Cómo ve la Tierra el nacimiento de una plantita, el despuntar de una hierbecilla? ¿Cómo se siente la Tierra en primavera cuando todo nace? Ve hacia atrás en el tiempo hasta tu nacimiento. Imagínalo. Imagínalo y enamórate de aquel momento. Fíjate en aquel segundo. Eres tú, el Cielo y la Tierra. La Tierra estaba enamoradísima. Y el Cielo también. En aquel exacto segundo en que todo esto y más, mucho, mucho más, más contemplaban como nacías otra vez.

Los cuentos del destino 21


III La Emperatriz

La Tierra enamoradísima.



La Tierra estaba enamoradísima.

Su luz henchía el cielo iluminando la luna el sol los astros.

Bastaba contemplar por una milésima de segundo cómo crecían los hierbajos plenos. Los gusanos se desternillaban de risa mientras se arrastraban por curvas y pasadizos. Las hormigas danzaban al compás de la alegría de las hierbas y las carcajadas. Las flores, las flores también. Cuchicheaban mimosas al sol mientras las mariposas susurraban entre ellas cantando algo sobre las hormigas.

El viento acariciaba a unos y a otros con brisas que los árboles agitaban y lanzaban al mar imperioso de espumas. A las montañas se les derretían las nieves de tanto gusto salado y otras se abrigaban en ella (ya que cada cual es diferente).

Al mirarlo y al sentirlo aquello parecía un cuadro de Van Gogh donde cada trazo respiraba a pleno pulmón y se agitaba y se estremecía.

La Tierra estaba enamoradísima.

Su corazón repleto de ideas inalcanzables para la mente.

Cada pincelada de cada cuadro del mundo y de la historia se escapa en algarabía de los marcos para mezclarse en las casas, sus fachadas, techos, suelos y paredes. Animales y humanos retozaban y se henchían de sexo y amor en frenesíes incontenibles en casas de colores. Los libros también agitaban sus páginas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda formando remolinos cosquillosos en el centro. Las palabras saltaban en traviesos pas de deux y se iban de paseo para volver a contarle a las blancas páginas las maravillas que habían visto en abrazos amorosos. A veces, a veces, los colores, las nieves, la sal y el viento junto con las flores, mariposas, hormigas, gusanos y hierbajos se entrometían entre las frases y los párrafos.

La Tierra estaba enamoradísima.

El mundo tomaba cuerpo y sentidos.

Todos los bebés de todas las criaturas terrestres sentían cosquillas, cosquillitas, cosquillas de hierbajos, de pinceladas, de plumas y de hormigas. Los pájaros no dejaban de dibujar grandes elipsis y figuras únicas. Los peces subían a las superficies de las aguas para besarles cuando planeaban en vuelo rasante hacia todos los rincones, hacia los campos, montañas, desiertos y las ciudades. Los instrumentos y las notas musicales de todas las partituras, orquestras y salas de concierto interpretaban todas las obras de la historia musical. Los semáforos centelleaban al compás.

La Tierra estaba enamoradísima.

El espíritu se encarnaba.

El sol, la luna, las estrellas y los planetas giraban mareados de felicidad a su alrededor. Las nubes, la lluvia, el granizo y el calor; la humedad, la sequía y las tempestades se emborrachaban de besos. Unos y otros, otros y unos en absoluta dicha de estar juntos.

La Tierra estaba enamoradísima. Y el Cielo también.

En aquel exacto segundo en que todo esto y más, mucho, mucho más, más contemplaban como nacías otra vez. 

Los cuentos del destino 20

Hasta que un día, de casualidad, porque a aquella hora no solíamos estar en casa y porque habíamos hecho pellas, oímos una gran discusión entre nuestra madre y la abuela.  Al principio los gritos no nos llamaron la atención porque nuestra familia era muy ruidosa. Mi hermana Victoria fue la que se empeñó en bajar, aunque yo prefería que cogiéramos lo que habíamos venido a buscar e ir a reunirnos con nuestros amigos que nos estaban esperando. Ella insistía. 

He de señalar  que Victoria es una de las cabezotas más perseverantes que he conocido en mi vida. Bajamos. Lo oímos todo. No acudimos al encuentro con nuestros amigos sino que nos fuimos corriendo a nuestro escondite en el bosque a escribir cuanto habíamos oído con total claridad.

Todo esto sucedió mucho tiempo después del cuarto cuento, el que la abuela me contó cuando, precisamente, tenía cuatro años.

Los cuentos del destino 19

Nuestra familia, a excepción de tía Flo  (y tía Matilde por una temporada), estaba compuesta exclusivamente por mujeres. El tío Matildo, como lo llamábamos, un buen día desapareció y a pesar de todo cuanto se hiciera por animarla, la tía Matilde lloró durante un año lunar entero. El marido de tía Flo, el mago, fue el único hombre presente en nuestra casa. Con todo a él también a veces le daba por desaparecer y luego aparecía como en uno de sus trucos, pero siempre era bien recibido. Tía Flo era feliz.  Nuestra familia estaba integrada por una gran cantidad de personas. Éramos una enorme cantidad de niños que corríamos por los pasillos de las casas y los jardines. Recuerdo que cuando íbamos a visitar a otras partes de la familia, incluso me sorprendía ver a tantos hombres.

En silencio mi hermana y yo buscamos información al respecto durante toda nuestra adolescencia. Fue relativamente fácil dar con la historia de la Primera Maga. A parte de una desgraciada historia de amor y una profecía que ya conocíamos, no hubo novedades reveladoras.

 A lo largo de nuestras investigaciones sólo dimos con algunos puntos coincidentes. Todos conducían a mujeres que se quedaban solas por uno u otro motivo. Los hombres o bien desaparecían, eran prácticamente tragados por Saturno, o bien eran intermitentes, como si se tratara más bien de un truco de magia que de una persona real. Victoria insistía, como siempre, en que si yo era la continuadora que rompería con la tradición, debería hacerlo cuanto antes porque ella quería enamorarse y vivir en pareja. 

En realidad era la única que veía algo de positivo en mi sospechada futura traición. “Ya verás, me decía, seremos felices como cualquier mujer aunque no podamos hacer ni un truquito de los nuestros, pero no importa porque seremos mujeres felices y tendremos un compañero de vida, a parte de tenernos la una a la otra, claro.”  Se nos predecía en nuestros caminos dos amores a cada una y el segundo sería el que tendría éxito aunque fuera menos importante que el primero. 

Victoria formaría familia con un hombre del desierto y yo con uno de un país frío, nos había dicho la abuela. El de Victoria sería mayor que ella y en cambio, el mío sería menor que yo.  Tanto a Victoria como a mí todo aquello nos daba la risa y mucho morbo. Aún no podíamos imaginarnos dejando pasar a los grandes amores de nuestras vidas para tiempo después formar familia con otras personas a las que amaríamos con todo nuestro ser, pero sabiendo haber dejado que nuestros medio cielos se alejaran de nuestras vidas.

 Además de estos descubrimientos sobre la soledad de las mujeres de nuestra parte de la familia, notábamos que el poder de cada generación también iba disminuyendo. No se trataba de una información concreta, sino de una sensación. Podíamos interactuar con el orden Universal tanto cuanto lo habían hecho nuestras predecesoras. Sin embargo había algo que se iba escapando. 

Ambas tuvimos la misma sensación, exactamente al mismo momento. ¡Y entre nosotras no podíamos leernos la mente! Efectivamente, a pesar de todos nuestros experimentos entre nosotras este poder se anulaba aún sin protegernos con el círculo mágico, sin que hiciéramos nada. El hecho singular de que sin evidencias ambas tuviéramos la misma intuición con respecto a una idéntica cuestión al mismo tiempo, nos abría un camino. Por aquel entonces no supimos cómo aprovecharnos de esa posibilidad.

Oren Lavie: Her morning elegance

Como siempre gracias a LAS MUSAS descubro música maravillosa. En su blog han posteado sobre OREN LAVIE




Desayuno

Olvido el destino
saboreando bocaditos de eternidad
durante mi desayuno
y un vaso de zumo de naranja
y una tostada con mantequilla
y café miel de pereza
el sol en mi boca
robado al cielo 
mientras un minotauro me espía 
en su memoria de laberinto 
Él no olvida
y yo suspiro
como si la muerte fuera vida

Las suertes de Aladino

“Érase una vez en la capital de un lejano reino muy rico y de vasto territorio, había un sastre llamado Mustafá, pobre en extremo y cuyo trabajo apenas le daba para mantener a su mujer y a un solo hijo que tenía. Aladino, tal era el nombre del hijo del sastre, se había educado en el más completo abandono, y por lo tanto adolecía de grandes defectos y de perversas inclinaciones. Desobediente a sus padres y aficionado a la holgazanería, pasaba los días enteros fuera de su casa, jugando en las calles con vagabundos de su edad y de su especie.”

Entremos en el mundo de este “érase una vez”. No se trata de cualquier lugar sino de un gran territorio muy rico. Podemos imaginar sus praderas siempre verdes, sus majestuosas montañas, lagos, ríos y mares cristalinos que regalan sus peces a quienes quieran. En tierras así las flores se mezclan en los huertos con las más sabrosas frutas y verduras. Las ciudades bullen de animación. En un rico y vasto territorio hay lugar para todos y todos pueden ser felices. Sin embargo…

A veces podemos encontrarnos en el mejor de los lugares y no tener suerte. Como si pasara para los demás menos para uno. Hacemos las cosas de la mejor manera, nos esforzamos, damos todo lo que podemos y sin embargo…

El sastre Mustafá evidentemente se encontraba en una desdichada situación. Podemos imaginar una ciudad rica y llena de oportunidades menos para Mustafá. ¿Por qué sería? ¿Acaso nadie compraba trajes nuevos? ¿Tal vez ya no se confiaba en los sastres? ¿Iban todos desnudos? No, no creo…

Quizás no acertemos con la causa aunque podemos imaginarlas. Lo cierto es que a veces parece que la fortuna sonríe a todos cuantos están a nuestro alrededor menos a nosotros. Vemos como gente “que no se lo merece” tiene más suerte que nosotros. A los demás parece irles bastante bien o mejor que a nosotros en un vasto y rico territorio que se nos antoja lejano y sobretodo ajeno.Y sin embargo seguimos esperando. ¿Qué esperaría Mustafá, el sastre, puntada tras puntada?

Parece que su hijo Aladino lo tenía aún peor puesto que “…se había educado en el más completo abandono…” Natural. Cuando falta el pan la desesperación se va adueñando del espacio que queda vacío. Muy probablemente su padre y su madre no tenían más atención que para cuanto les faltaba. Seguramente sus ojos se volvieron tristes. Cuando Aladino era pequeño no pudieron prestarle atención y el niño creció a su aire. Creció y creció sin cuidados hasta convertirse en un bala perdida. Efectivamente: “… y por lo tanto adolecía de grandes defectos y de perversas inclinaciones.”

No sólo era pobre, sino que estaba descuidado y además estaba perdido para recuperarse si hubiera alguna posibilidad. Estamos frente a un gran perdedor, un perdedor esencial sin vías de recuperación. Si esto no es mala suerte… ¿qué más nos queda?

Aladino es un niño abandonado en un laberinto sin salida. Imposible que tenga suerte, ¿verdad? Y sin embargo… sabemos que la tendrá porque se trata de un cuento conocido. ¿Pero cómo? ¡Ah! Para eso queda mucho cuento…

Cuando creemos que no tenemos suerte nos sentimos un poco como Aladino, un niño abandonado. ¿Por qué a mí no? ¿Por qué yo? Pero hay una parte de nosotros que sabe que el cuento continuará y que este niño abandonado tendrá suerte. Pues entonces se lo hemos de hacer saber.

Suerte

Compartir la buena suerte
alimenta a las estrellas
Compartir la mala suerte
alimenta al corazón

Con c de crisis

Encontrando luz

Durante una crisis, del tipo que sea, pasamos por un túnel en el que parece no haber ni una pequeña lucecita. Además son épocas más dolorosas por la soledad que las acompaña. No sólo se pierden cosas. Se pierden personas a quienes se quería y con ellas un trozo de nuestro corazón. También perdemos la conciencia sobre nuestra identidad. Es como si nos olvidáramos de quiénes somos. No es nada fácil. Mucha gente tiene pequeñas lecciones que darnos, pocas tienden una mano, no una solución sino una mano. Mucha gente dice que te la da, pero notarás que no es cierto. Discriminar éstas y otras cuestiones mientras una parte de ti se derrumba no es fácil.

Me gustaría sugerir algunas técnicas, pequeñas, sencillas y de fácil aplicación que pueden ayudar un poquito. La crisis hay que pasarla. Y con todo lo que implica se puede ir aprovechando en algún sentido enriquecedor inmediato.

La siguiente técnica es una manera fácil de reconocer nuestras capacidades cuando no las recordamos o cuando creemos, heridos mortalmente por la crisis, que "no hay nada o lo que hay no es mucho, total, es muy normal".

Toma un trozo de papel. Dibuja un círculo en el centro. Y dentro de dicho círculo escribe el nombre de alguien que te encanta, pero mucho, mucho, mucho. Alrededor del círculo traza cinco líneas. Y en cada una de ellas has de escribir lo que te encanta de esa persona. Pueden ser cinco adjetivos- mejor- o cinco frases que describan dichas cualidades.

Esa persona no solamente es una buena percha para tales cualidades, sino que es la mejor percha para tales cualidades. Luego, borra ese nombre o táchalo y escribe el tuyo. Porque en realidad estamos hablando de nosotros mismos. Esa persona tiene y ostenta esas cualidades, sin lugar a dudas. Nosotros podemos verlas y reconocerlas fuera porque las tenemos dentro, en caso contrario no las veríamos.

Los humanos tenemos grandes limitaciones y una de tantas es vernos al completo. Pero Jung, el psicólogo humanista, descubrió y desarrolló fehacientemente la teoría de la sombra que contiene pequeñas técnicas que pueden ayudarnos a ver un poco más. Es como si una serie concreta de situaciones o personas nos sirvieran de espejo y pudiéramos vernos mejor. Verse nos libera. No es una cuestión de premios y castigos. Verse es simplemente eso: ver, observar y nada más.

Suelo dar un ejemplo bastante esclarecedor para ilustrar esto. Si nos vemos con dos manos o dos ojos, etc, no nos damos un Oscar por ello ni nos damos latigazos. Tenemos dos manos, las vemos, las reconocemos y las utilizamos. Podemos incluso dar las gracias por ellas, por tenerlas. Una vez que sabemos que las tenemos podremos saber la enorme infinidad de cosas que podemos hacer con ellas: abrirlas, cerrarlas, saludar, acariciar, coser, aplaudir, cocinar, batir, sujetar, entrelazar, golpear, oprimir, etc, etc. Y decidiremos a lo largo de la vida cuándo utilizarlas de una manera o de otra.

Lo mismo sucede cuando descubrimos, por ejemplo, que somos innovadores o luchadores o simpáticos, agradables, valientes, cálidos, etc, etc etc. Son nuestras mejores herramientas para seguir adelante. Como las manos. Mejor será utilizarlas. Como las manos. Y mejor saber que existen que negarlas. Como las manos. A nadie con dos manos se le ocurriría decir que no las tiene.

Es importante que sepas que no sirve escribir el nombre de cualquier persona. Tiene que ser alguien que te encanta y mucho, si no el espejo no existe. Incluso no tiene que ser alguien que te encante en su totalidad, puede ser alguien que te encante por determinadas características. Si no se te ocurre nadie, puedes probar con alguien de quien te hayas enamorado (el mayor encantamiento de todos) y en aquel entonces veías determinadas características muy positivas en esa persona. Esas son las que te interesan. O si tienes animales y les admiras por algo en concreto, también sirve perfectamente.

Busca tu espejo para que te desvele lo hermoso que hay en ti. Puede ayudarte a transitar una crisis. Cuando te recuperes un poco, ya trataremos tu lado más oscuro. Ahora no es el momento. Ahora necesitas luz para transitar el túnel. Cuando tengas la luz, podrás ver más cosas con claridad.

Sammy Davis Jr. : Medley

y XXI... preguntas y más preguntas

¿Recuerdas algún sueño que te haya impactado? Tal vez sólo uno o quizás más. Si has soñado al menos una vez en toda tu vida ya es suficiente prueba de que tu inconsciente quiere comunicarse contigo y lo hace. ¿Se lo vas a negar? ¡Ah! Entonces a lo mejor crees que puedes controlar el inconsciente y que puedes ser más fuerte que él.

Estás encarnando la eterna lucha del hombre contra la naturaleza. Tal vez sueñes con grandes carreteras en el Amazonas o con un mirador para observar de cerca un volcán en erupción o con un sistema para hacer surf sobre una ola de un tsunami. No son locuras mías, hay gente que lo ha intentado; pero la naturaleza es siempre más fuerte que el hombre: no hemos sido nosotros quienes hemos creado este planeta sobre el cual vivimos.

¿Pero qué sentido podría tener negar el inconsciente? Que existe lo sabemos, se trata de algo evidente. Vivimos rodeados de sueños: Hollywood, Bollywood, la publicidad, el amor que esperamos, el trabajo que queremos hacer y que creemos que nos realizará, la salud que necesitamos y que hemos perdido, los hijos que anhelamos... ¿Hay alguna diferencia entre soñar despiertos y soñar dormidos? ¿Cuál?

Preguntando XX

¿Razón o intuición?

Hace muchos siglos que la cultura occidental vive bajo los designios del pensamiento racional. Pero antes, mucho antes de que se intentara dar una respuesta sistemática al primer porqué, según se sabe, nuestro pensamiento se relacionaba de otra manera con la realidad.

Parece que en la actualidad hay una fuerte corriente popular que nos llama a prestar un poco más de atención a lo no racional. ¿Se trata de elegir una u otra opción? Según el Tarot, no.

En el juego de los veintidós arcanos mayores hay un protagonista: el héroe. El héroe somos todos y cada uno de nosotros. Al inicio de su viaje, nuestro héroe es una fuerza vital sagrada, luego habrá de pasar por diferentes experiencias fundamentales y ya al final llegará a ser un ser completo.

En el tarot, esta capacitación se alcanza una vez que una persona ha logrado integrar cada una de sus partes: las malas y las buenas, las crueles y las inocentes, las bellas y las horribles, las luminosas y las claras, la racional y la intuitiva, la sentimental y la sensacionalista, la que enferma y la que cura, la que duele y la alegre, etc., etc.; allí donde la ciencia y la poesía conviven y colaboran entre sí. Es un espacio y un tiempo ocupados por una persona que se ha descubierto a sí misma, sus diferentes aspectos y también su lugar en el mundo; se conoce. ¿Es feliz esta persona? Es muy probable, al menos mucho más feliz que otros. Pero ello no quiere decir que no estará triste o no tendrá miedo. Gozará y padecerá, respetará la vida y la muerte. ¿Feliz? Tendrá muchos momentos de felicidad, sin lugar a dudas. Lo que es seguro es que se sentirá entero pase lo que pase.

El Tarot nos comunica un saber que durante mucho tiempo ha debido permanecer oculto. En deferentes etapas de la historia ha sido prohibido, periodos en los cuales el dogma imperante no lo veía con buenos ojos. De ahí arranca en parte el halo de misterio en el cual se ha visto rodeado. Como otros sistemas simplemente nos proporciona una manera de dar palabras a nuestro inconsciente y a nuestra alma, que necesitan ser tenidos en cuenta y escuchados sea a través de los sueños o de otras maneras.

All that jazz: Jagger and Gideon

All that jazz: Air-otica

Relóticos: cuentos pequeños para gente grande V

Diabluras de San Valentín...

Soledad

A las 20:05 tenía el vuelo. Ya había acabado de hacer la maleta, todo estaba en perfecto orden. Él se fue. Llegó, me besó, me tomó por la cintura, puso su mano en mi vagina, me dio la vuelta y abrí las piernas para que me penetrara. Me acarició como si le perteneciera mi cuerpo que respondía furioso a cada estímulo. Y se fue. Yo me quedé frente a la pared blanca de mi cama con el recuerdo, masturbándome constantemente húmeda.

Tenía el vuelo dentro de 3 horas. Sólo me quedaban quince minutos para salir. Sólo era cuestión de ducharme y vestirme en cinco minutos, me maquillaría en el taxi. Me puse una falda de satin y una camiseta de tirantes de algodón que cubría casi la mitad de mis pechos. Cuando me di cuenta de que salía sin braguitas volví a excitarme.

Él notó algo. Al verlo sólo pensé en cómo me penetraría. Mientras avanzaba la cola del embarque  tenía tiempo para imaginar lo que deseaba y sentir cómo mis pezones se endurecían. Me giré y le pregunté la hora para mirar su bulto a través de los pantalones. Dejé caer algo. Nada elegante, lo sé, pero lo suficientemente explícito. Casi podía tocarle, así que tropecé un paso hacia atrás. Sus manos se posaron justo donde yo había calculado.

Facturé mis maletas y él lo hizo a continuación. Le esperé. Me siguió. Me alcanzó e intentó abrazarme, no se lo permití. Coloqué su mano al final de mi espalda y levanté el pompis mientras me acercaba a lamerle el cuello. Me separé. Me puse a caminar más aprisa para sobornar su deseo desde atrás. Esta vez no me adelantó. Abrí una puerta, otra puerta. Atravesé el espacio, era el lavabo de hombres. Abrí una puerta y le hice entrar. En tanto cerraba  iba deslizando mi boca sobre sus pantalones y desabrochaba el cinturón. Siguió mi ritmo. 

Tenía todo su miembro en mi boca. Estaba tan empapada que necesitaba su pene erecto lo antes posible. Lamía  y chupaba su verga lentamente, me entretenía en la punta. Tenía un pene perfecto para mí. Entonces me levanté, me desnudé y me di la vuelta. Llevé su mano a mi coño depilado y mojado. Puse su mano sobre mi clítoris mientras lo colocaba por detrás con fuerza. Cambié de postura varias veces. Volví a meterme su pene en mi boca, no podía parar de chuparla. Me senté sobre el váter y abrí mis piernas de par en par, quería ver su cara en mi vagina, su lengua entre esos labios. También estimulé mi clítoris mientras él introducía su lengua en mi coño y un par de dedos por detrás. Cuando estaba encima de él, con mis pechos en su boca escuché que anunciaban el embarque del vuelo. Tuve que acabar rápido. 

Él tenía el mismo vuelo que yo, business class además. Cada uno se limpió. Yo me vestí. Él también, claro. A  toda prisa, cada uno frente al espejo.  Yo no hice caso a la gente que entraba. Me parece que salí yo primero. Ya no volví a verlo. En el avión me quedé dormida. Creo que él estaba por detrás. 

Marvin Gaye: Let's get it on

Chorus Line: One (final)