Los cuentos del destino 35

Relájate y haz algún pequeño ejercicio de respiración, luego empieza a llamar a las personas que han existido o existen en tu vida, salúdalas y despídete, nombra a cada una de ellas. Nombra tus momentos de felicidad y de tristeza, de miedo y rabia. Simplemente nómbralos, no tienes que hacer nada más. 

No se trata ni de intentar ser positivos ni tampoco de ser negativos, se trata de nombrar.  Tal como señala la gran poeta Alejandra Pizarnik la palabra puede sanar, no porque nos enfurezcamos el mar dejará de existir, ni el mundo tampoco, “...por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.”  

Nombrar es hacer nacer mundos y cantarles, reconocerlos. No por guardarlos en el baúl del silencio forzado dejarán de existir, de esa manera somos nosotros quienes creemos que dejan de existir, es una ilusión bastante fútil. Tanto empeño en acallarlos forzará a que nos asustemos aún más cuando abramos los ojos y nos veamos sorprendidos de ciertas existencias ignotas. Por eso es importante empezar por nombrarlos. Nombrar un fantasma con el debido respeto es invitarle a la luz y apartarlos un poco de la oscuridad, que es el único lugar desde donde pueden asustarnos. No es posible nombrarlo todo porque así lo decidamos, los fantasmas necesitan su tiempo, tanto o más como nosotros.